viernes, septiembre 29, 2006

Cayuco


Bernard Khouma nació hace diecinueve años y hoy, a orillas del Atlántico, sueña.
La noche es fría y húmeda. Bernard siente la poderosa proximidad del mar y nota que los alisios soplan iracundos. Cientos de sueños, cobijados en uno mayor que se llama Europa, destellan de sus ojos negros.

Atardece y la costa negra se va alejando y perdiéndose tras la inmensidad de las olas.
De pronto, la oscuridad de la noche surge de su cripta. Bernard mira sin poder ver, pero siente los primeros calambres en las extremidades, son demasiadas personas en un espacio muy pequeño.
Las voces sobre el cayuco se han silenciado. El temor durante la noche se acrecienta, sólo se oye cada tanto gente que vomita, niños que lloran y la respiración que contienen casi todos cuando la embarcación se eleva sobre una cresta de agua salitrosa.

Antiguamente era posible ver el lento bamboleo de los dromedarios yéndose hacia el corazón del continente africano; hoy se ve el balanceo infernal de los cayucos sobre las olas oceánicas.
En los años veinte eran las caravanas que, desde el puerto de Saint-Etienne, se adentraban en las profundidades arenosas del desierto mauritano. Ahora, a principios de este siglo XXI, de opulencia para unos pocos, en Saint-Etienne se congregan hombres, mujeres y niños para adentrarse en las profundidades turbulentas del Atlántico.
Bernard lleva en un bolsillo su documento, una piedra-amuleto que le entregó su madre cuando supo que zarparía y un papel arrugado con una dirección en Barcelona. Previniendo que esos elementos podían mojarse al cruzar a Canarias, metió las tres cosas en una bolsa y a ésta dentro de otra, para aislarlas mejor.

Cuando empieza a amanecer sólo vislumbra el lomo del mar. Ninguno de los que van en el cayuco ha podido dormir, ha sido imposible por las olas y por la falta de espacio.
Pero Bernard sigue soñando con llegar a Barcelona algún día. Por la tele ha visto que en el norte se vive bien.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Lo que más aterra...Que nosotros también soñamos. Ellos sueñan lo que somos. Nosotros, lo que, a su vez, otros son. En un cayuco, se duerme pensando en la supervivencia en la "metrópoli" (¿acaso dejamos de serlo?). En una cama blanda de la vieja Europa (que no queremos renovar) se piensan en los lujos que adosar a la rica existencia burguesa. Me pregunto con qué soñaran los más ricos del mundo. Tal vez, con ser Dios. ¿Y con qué sueña Dios? Pregunta inquietante. ¿No debiera soñar con los que van en los cayucos?

Ginebra

14:14  

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