"Me niego a hacer cualquier oficio, ni siquiera uno pseudo-literario. Escribo y me siento bien, aunque sea duro, a veces incluso compulsivo; me produce grandes momentos de placer".“A los dieciocho años estallé. Vino muy deprisa Strasbourg, muy deprisa París, muy deprisa Nueva York, en 1968. Y allí, de golpe, la vida se me echó encima. Así que no hubo etapas, no tuve tiempo de soñar con París, soñé en seguida con Nueva York”.
Nadie sabe si fue una poción mágica o qué, pero no cabe duda de que Bernard-Marie Koltès fue hechizado por una de las tantas versiones que se han hecho de la princesa de Cólquida:
Medea. Ese instante se produciría hacia finales de la década de los 60, allá por la frustrada revolución de los estudiantes de la Sobornne. La morena gallega, Maria Casarès, que interpretaba a la protagonista de una de las más famosas historias de la mitología griega, deslumbró con su arte al joven dramaturgo de Metz.
Hasta entonces había estudiado piano y órgano durante muchos años, algo de periodismo, hasta que, finalmente, fundó la compañía
Le Théâtre du Quai, en la Escuela del Centro Dramático del Este, en Strasbourg.
El tema central de la escritura de Koltès es
el individuo, tales que almas errantes, solitarias, los hombres y mujeres excluidos, los marginales de la civilización, los fondos turbios de nuestras personalidades, las carencias, las incomprensiones. Y, más allá del realismo que le imprime a sus textos, éstos conservan una variedad muy rica en formas que dan cuerpo a obras muy construidas, muy trabajadas.
Pero van a transcurrir algunos años. Recién en 1983 surgirá a la fama Bernard-Marie Koltès, cuando comience a trabajar en estrecha colaboración con el gran director Patrice Chéreau. Ambos construirán una estrecha dupla en los teatros y en la intimidad. Sólo que tuvo que ocurrir lo que sucedió en 1989, el asesinato de Koltès por el virus del sida, para que la crítica teatral francesa prestara tanta atención a los textos de uno como hasta entonces había prestado a las puestas en escena del otro.
Combate de negro y perros es la primera obra de Koltès que montará Chéreau. La obra transcurre en una noche, ésta como símbolo de lo oscuro, de Africa, del encuentro en las tinieblas, de lo más oscuro del ser humano. La noche estará presente en otras obras.
Roberto Zucco (la última obra de Koltès antes de morir), escrita con toda la furia del que sabe que no le queda tiempo, es una obra perfecta, una pieza a la que aspira todo aquel que quiera escribir para las tablas.
Ahora, y porque me hace ilusión, trascribiré un trozo magnífico de una entrevista que le hizo Jean-Pierre Han para
Europe. Dice Koltès acerca de su obra
Quai Ouest: “Al oeste de Nueva York, en Manhattan, en un rincón del West End, donde está el viejo puerto, hay unos hangares; hay en particular uno abandonado, un gran hangar vacío, donde pasé algunas noches, escondido. Es un lugar sumamente extraño, un refugio de mendigos, maricas, camellos, de ajustes de cuentas, un lugar donde la policía jamás pisa, por oscuras razones. Nada más entrar, te das cuenta de que estás en un lugar privilegiado del mundo, una especie de cuadrado misteriosamente abandonado en medio de un jardín, donde las plantas hubieran podido crecer de manera diferente: un lugar donde no existe el orden normal, sino otro orden muy curioso, que se ha ido conformando. He sentido ganas de hablar de este pequeño rincón del mundo, que es excepcional y, sin embargo, no nos resulta raro; me gustaría contar esta extraña impresión que se siente al atravesar ese espacio inmenso, aparentemente desierto, con la luz que va cambiando a lo largo de la noche a través de los agujeros en el techo, los ruidos de los pasos y las voces que resuenan, los roces, alguien a tu lado, una mano que súbitamente te agarra”.
Dibujo de Raymond Moretti