sábado, enero 19, 2008

Las cabezas abatidas de Goliat


Si alguna vez se me ocurriera dirigir una película, sumaría a Paul Haggis entre los directores inspiradores, porque ha logrado hacer lo que a cualquier artista serio le gustaría: sacar a la luz una obra sin aspavientos, con buenos diálogos, personajes logrados y que llega al espectador.
El mismo director de En el valle de Elah ha declarado que le gusta dar en el nervio ese que al otro lo hace sentir incómodo.
Tal vez, ningún norteamericano, primero, y occidental a continuación pueda sentirse cómodo o, al menos, lo haga pensar en lo que ocurre en Irak durante un par de minutos.
Las mentiras, los atropellos, el clima embrutecido de un Ejército espartano que, al tiempo que libra una batalla en beneficio de los enajenados por el petróleo y los dividendos de la reconstrucción del país invadido, se desangra psicológicamente por un cúmulo de muertes innecesarias, incluida la propia, aunque sus físicos sigan estando de pie.
La vida pareciera discurrir de un modo fatal en las noches de la inmensa hondura geográfica de Estados Unidos. Es como una jaula con múltiples cerrojos, una sucesión de cafeterías y restaurantes grasientos, mezclados con armerías con carteles luminosos y bares de streapers. Barrios desangelados en el provinciano Tennessee y bases militares que exudan fanatismo, como el que combaten lejos de casa, aunque esta sea una versión cristiana.
Y pongo a Dios por testigo que su Espíritu, como también creyó el pequeño David cuando enfrentó a Goliat, sobrevuela sobre las cabezas de los que van a pelear y regresan abatidos.
Quizás, quienes de verdad ganan, son los que se quedan, cómodos y sebosos, contándole al mundo crédulo que luchan por la democracia.
Caravaggio

sábado, diciembre 29, 2007

Benazir

Es un nombre bonito, como su rostro islámico pincelado de Occidente.
He vivido con pasión periodística el atentado y asesinato de Benazir Bhutto. Han sido veinte minutos en los que reanduve las andanzas de niñez, cuando las excursiones por las páginas coloridas de los atlas y las enciclopedias me llevaban a países tan recónditos como Pakistán.
Al oír la palabra Rawalpindi, o Pindi, el más grande cuartel militar británico en la colonia, me vino a la memoria El cuarteto del Raj, la magnífica tetralogía de Paul Scott.
Rawalpindi también fue el escenario donde la dictadura militar colgó a Alí Bhutto, padre de Benazir, en 1979.
Son las dos de la madrugada y me meto en la cama.
Silencio.
De repente, una voz suave y cálida me pregunta:
-¿Era preciosa, verdad?
Sé a quien se refiere.
-Sí.
-Está asociada a mis primeros recuerdos. Me entristece mucho su muerte.
-Ella sabía que hacer política en Pakistán implica empeñar la propia vida, es como ir a la guerra. Estoy seguro de que la guiaba una pulsión muy fuerte, imposible de comprender, y un compromiso sanguíneo, con su padre y con su gente.
-Es un país demasiado complejo. ¿Cómo gobernar tantas etnias distintas, diferentes confesiones, presiones del terrorismo, de los militares, de los talibanes, las luchas con los vecinos, las demandas de Estados Unidos y de Arabia Saudí?
-Creo que allí, los partidos políticos, no debaten ideas, se debaten a tiros por espacios de poder.
Nuevo silencio noctámbulo, como cuando pasa un ángel.
Pienso que es muy probable que no se haya dado cuenta de que moría, seguro que el disparo, o las esquirlas, o la onda expansiva de la bomba (¿alguna vez se sabrá?) no le dieron tiempo de abrir los ojos después de aquel último parpadeo.
Veo con nitidez sus ojos negros, su elegancia de shalwar kameez, sus discretas joyas, su rostro sutilmente maquillado, el movimiento sereno de sus manos y el acento de Oxford…
-¿Tenía hijos?
Primero digo no saberlo. La memoria es engañosa.
-Sí, creo que vivían en Dubai.
Silencio en medio de la noche madrileña. En Pakistán no deja de sonar un teléfono que transmite condolencias a un viudo.

miércoles, julio 25, 2007

Borrasca


Estoy a horas de abandonar Copenhague, a horas de despedirme de la placidez. Llega la noche me subo al ático, desde donde te escribo; se trata de una especie de palomar con ventanuco oval de vidrios astillados. Estoy rodeado de cajas, cajitas y cajones, un par de sillas apiladas, dos marcos viejos, de esos que se usaban a principios del siglo XX para circunscribir el rostro adusto de un tío muerto a mediados del XIX. Nuestras abuelas, entonces jóvenes, heredaban el marco de su madre o suegra y con el regalo venía el tío, en su óleo se sobre entiende, y allí quedaba entre la vitrina y la lámpara de pie el más afortunado, o en la habitación de huéspedes el menos privilegiado. Al llegar una visita con estadía nocturna solía querer conocer la identidad del desteñido rostro con el que debía compartir nada menos que una noche, desnudarse frente a él, observador estoico. Si la abuela aún vivía, relataba con cierta certeza de fechas y aportando otros datos inventados, la historia del señor del cuadro. Si la abuela había muerto, el huésped recibía de los anfitriones un breve encogimiento de hombros y como respuesta un siempre estuvo ahí.
Este altillo, como la mayoría de su clase, tiene esa extraña mezcla de recuerdos familiares, de infancia, sonidos y olores de historias macabras, espíritus en pena y algún que otro roedor a salvo de los obesos y viejos felinos que optan por las cálidas cocinas, faltos de interés ya por peregrinar a las solitarias estepas frías de las alturas.
Pienso en París, aunque no me obsesiona. El tiempo transcurre y la vida me deposita en la ribera del Sena. Una historia nueva está por comenzar. Otra etapa. El fascinante recomenzar y tejer tramas. Es mi sueño de escritor: una novela se acaba y empieza a gestarse la siguiente, pero en el fondo todas ellas van unidas por un mismo eje que es el protagonista oculto, el creador de fantasías.
En un abrir y cerrar de ojos todo cambiará: los nombres de las calles; las estaciones de trenes; los sonidos de la ciudad; el murmullo de la gente; los estilos de risas; el eterno cielo gris de Copenhague vestirá con los ropajes del ciclotímico de París; las insoportables palomas de la Rådhusplatsen cambiarán en la Place Saint-Michel; las marcas de los productos en los supermercados; los precios; la cosmovisión política; las noticias; y hasta la música a pesar de la globalización...
El techo de la estación de Bernstorffsvej reluce bajo el manto de nieve. Al viento se lo oye bramar enfurecido, maltratando a las ramas de los árboles. En el horizonte, por sobre las casas vuela una cortina blanquecina que desdibuja los contornos; y el sonido del tren, suave en las noches de verano, se ha perdido por la cólera del viento. Los frágiles copos de cristal se ven como los insectos arremolinados bajo la luz de las farolas. Y en las ventanas de todas las casas hay un pabilo encendido, sereno en su andar lento hacia la muerte.

viernes, junio 29, 2007

Una noche en Portofino


Diez años antes. Eran casi las cinco de la madrugada.
Fue una noche embrujada, cargada de juegos eróticos. Se había dormido boca abajo, con una pierna sobre las mías y la otra colgando de la cama. Yo estaba con una mano bajo mi cabeza y la otra bajo la cabeza de Rafaela, despierto, mirando el balanceo rítmico del ventilador de techo con sus paletas descalibradas. Por las ventanas abiertas y entre la danza candorosa de las cortinas entraba una brisa impregnada de olor marino. Un aroma que había viajado por encima del Mediterráneo, desde las arenas de Africa, desde las tiendas beduinas, pasando por el Orán de Camus, pero sin peste, embarcada en pesqueros italianos. No había bullicio, tan sólo un tenue sonido de olas, cayendo una encima de la otra a los pies de Portofino.
Retiré la pierna de Rafaela con suavidad para no despertarla y traté de liberar mi brazo aprisionado por el peso de su cabeza. No quería despertarla.
Abrí los postigos de madera y me apoyé con los antebrazos sobre el marco carcomido por la lluvia y el sol. El aire fresco inundó mis pulmones.
Su mano me tocó el hombro y me sobresalté. Apoyó su pecho en mi espalda, me rodeó por la cintura y nos tendimos en el suelo.
No he regresado a Portofino, tampoco he vuelto a ver a Rafaela, pero aquella noche me bastó para viajar por el deseo.
Diez años después en una celda del Monasterio de San Jorge.
Cinco de la madrugada. Primera oración.

lunes, junio 18, 2007

Scriptoris




La casualidad ha querido que tres magníficos scriptoris coincidieran, en un lapso breve de tiempo, en las presentaciones de sus respectivas creaciones. Yo he querido reflejarlo aquí e invitarlos a que se adentren en sus mundos, tan diferentes pero los tres unidos por las mismas pasiones: la curiosidad y la creación.

La bofetada, por Carmen Garrido Ortiz
“La gota de sangre era blanca como la leche. De eso estoy segura.
“Cayó en un trapo granate, me lo han dicho muchas veces. Sangre de mi hijo sobre fondo granate…”.
Carmen plasma, con hondura y exquisita fineza, escenas en tiempos duros, cuando la sangre fluía, el dolor dominaba las almas y los silencios eran lacerantes y sombríos. Se escuchan los disparos de las armas de fuego en los albores de la Guerra Civil y la contienda da pie a que las antiguas rencillas se diriman en las tapias de los cementerios.
Ocho páginas en las que transcurren varias vidas, contadas de una manera original y con un cierre que no deja ninguna rendija a las dudas. Como tampoco le quedan dudas al lector de que han habido susurros de Federico García Lorca en la oreja de la autora, o de que las fisonomías de Julio Romero de Torres se dejan ver en diferentes renglones.
Carmen Garrido, ganadora del certamen de relatos Fuentetaja 2007, antología editada bajo el título de El cuento, por favor, nació en Córdoba, Andalucía, es periodista y escritora y suele vagabundear por: http://www.ladamadeverde.blogspot.com/.

Todavía tú, por María Tena
Día 8 de mayo de 2007, el auditorio del Instituto Cervantes de Madrid, aupada por dos ministras del Gobierno en la primera fila, escritores, periodistas, amigos y el editor Jorge Herralde, María Tena presentó Todavía tú, su última novela, bajo el sello de Anagrama.
Maria describe, con soltura y sin pizca de barroquismo innecesario, una historia en la que la memoria juega un papel fundamental. Donde los prejuicios de antigua data se enquistan y se convierten en costra. Donde el éxito “envidiable” puede ser el motor que empuje a la soledad y al hartazgo de una vida rutinaria. Donde el pasado se hace eternamente presente aunque las caras hayan cambiado.
El final es sorpresivo y sin aspavientos, surge como una pieza perfectamente engarzada, sutil al mismo tiempo que potente.
María Tena nació en Madrid, adoptada por el Río de la Plata y por Dublín. Su anterior novela con Anagrama es Tenemos que vernos. Algunas constelaciones de su universo las pueden hallar en: http://www.mariatena.blogspot.com/.

Llueve sobre Gaza, por Hernán Zin
Deben hacer ya unos cuatro años cuando conversé por primera vez con Hernán Zin, bajo los frescos pintados por Sorolla, en el Salón de Cristal de la Embajada de Argentina en el madrileño barrio de Chamberí. Entonces descubrí a una persona fascinante, alguien que había optado por abandonar un periódico porteño mientras esperaba pacientemente poder entrevistar a la Madre Teresa de Calcuta. Y Calcuta cambió su vida. Su colmillo periodístico se afiló hasta el punto de llevar 13 años recorriendo el mundo difícil, las zonas peligrosas, relatando las experiencias de las gentes.
Llueve sobre Gaza es su última experiencia, es el producto de dos meses en territorios palestinos. Como Jean Genet en su momento, Hernán nos transmite el dolor, la violencia, la generosidad y la lucha por una tierra que, tanto para los unos como para los otros, es un imperativo de carácter divino.
Con la mochila al hombro y con la curiosidad de un Ryszard Kapuściński, a Hernán Zin lo pueden encontrar en: http://blogs.20minutos.es/enguerra.

martes, mayo 29, 2007

Cartas de Tamara a Vladimir


Cuenta Vladimir Nabokov en Habla, memoria: “Mi familia y yo zarpamos rumbo a Constantinopla y El Pireo en un pequeño y espantoso barco griego, el Nadezhna, cargado de frutos secos. La idea de que me iba de Rusia quedó absolutamente eclipsada por la dolorosa idea de que, con rojos o sin ellos, las cartas de Tamara seguirían llegando, milagrosa e inútilmente, al sur de Crimea, en donde buscarían un fugitivo receptor…”.
¿Cuántas cartas más le escribió Tamara a Vladimir? ¿Qué habrá sido de ella? ¿Qué habrá hecho con esas cartas quién las haya encontrado?
Me gusta pensar que fue un soldado bolchevique, con la suficiente sensiblería como para no tirarlas al fuego y que tuvo el caballeroso decoro de no leerlas delante de los demás revolucionarios a los que les tocó custodiar la bahía de Sabastopol.
¿Habrá tenido descendencia ese soldado?
Me gusta pensar que sí, que su estirpe ha continuado hasta hoy, que hay nietos y bisnietos de él que viven en alguna ciudad rusa. Que son artistas o simples rusos anónimos. O, tal vez, forman parte de esa casta que regenta burdeles y casinos en la avenida Novy Arbat. Poseedores de fortuna hecha al cobijo de la desintegración soviética, miembros de la clase adinerada que surgió del capitalismo crecido anárquicamente gracias a las brisas etílicas que llegaron de Ekaterimburgo al Kremlin en tiempos de Boris Yeltsin, quien hoy, porque ha muerto, ya es un gran estadista y demócrata.
Me gusta pensar que algún descendiente del lector de las cartas de Tamara conoció a Anna Politkovskaya. ¿Qué tal si fue su vecino, o su ayudante, o un profesor de la periodista asesinada? Y no quisiera que hubiera estado en un submarino jamás reflotado del mar de Barents o que hubiese viajado a Londres en un avión infectado con polonio.
Hoy, Rusia, esa gigantesca cosmovisión que se extiende desde el Báltico hasta el Japón, ha recuperado su poder y lo utiliza como se hacía en el siglo XIX, con los instrumentos de la realpolitik de von Bismarck y de von Metternicht. O como lo hace Estados Unidos en la actualidad. La fuerza arrolladora del Ejército Rojo ha sido reemplazada por un grifo, un grifo energético que mantiene en vilo a más de media Europa y que congela a las repúblicas bálticas a cambio de una estatua soviética.
Es la revancha por 1989. Una actitud perjudicial para la imagen del país y para crear confianza entre los europeos. Por momentos, me parece estar viendo que un elefante se ha metido en la cacharrería.
¿Y si ese descendiente es asesor presidencial o candidato en las elecciones de 2008? No lo sé… jamás lo sabré…Aún pienso, porque me gustaría que así hubiera ocurrido, que quizás me tocó ir sentado junto a un descendiente del fugitivo receptor o de Tamara cuando me monté al vagón de metro al que me subí en Komsomolskaya plochna.

martes, mayo 08, 2007

Môme grande piaf


Olivier Dahan, el director de La vie en rose, ha declarado que la película sobre la vida de Edith Piaf la grabó, mayormente, en Praga. Eso da igual, para mi los escenarios eran bajo el cielo de esa ciudad de finales de la I Guerra Mundial, de entre Guerras, de las estrellas del Olympia... La ciudad, la suya, a la que le cantó, a la que sufrió y la que la elevó a la gloria.
Cassante, quebradiza, un impulso vital que nace y se desarrolla en la adversidad casi ininterrumpida durante sus cuarenta y ocho años de existencia dolorosa. Un gorjeo de arrabal, cercano al tango porteño, surgía como lava de un volcán a través de sus labios. Un cuerpo contrahecho, distante de la sensualidad regia de una Marlène Dietrich. Una risa que salía como a empellones; el carácter de quien ha necesitado sacar las garras desde la cuna para evitar perecer.
Edith Piaf la mujer y Edith Piaf la cantante eran la misma. Una verdadera fusión que nunca transitó por la farsa, la impostura. Irascible, apasionada, difícil, barriobajera, dulce, frágil, temerosa, arrojada… Una vida color de rosa que fue más bien un hálito en medio de una tragedia persistente.
La vida de quien es tan grande como para crecer en un prostíbulo normando y llegar a interpretar en la Comédie-Française.
Un môme de la cloche. Une artiste.

miércoles, abril 18, 2007

Infierno de fuego y sangre




Corre, corre Marie, corre que la muerte disfrazada de machete te persigue. Adéntrate en la inmensidad africana y sálvate. Ruanda grita de dolor.
Tus pies, enfundados en sandalias, se mueven con la velocidad que da el pánico y por el instinto de supervivencia. El camino es de piedra y barro y el aire apesta a la sangre de tus parientes masacrados.
1994. Los perros se han convertido en un problema que hay que resolver, lo mejor es dispararles. Rodean el campo de refugiados de la École Technique de Kigali atraídos por los cadáveres tutsis.
La noche se echa encima. El ruido de las hojas afiladas traspasando pieles y cartílagos y las balas rematando en las nucas. Nada de esto parece llegar a los oídos blancos que sólo oyen los rugidos de los camiones del ejército francés cuando llegan en su rescate.
Del otro lado de las alambradas ensordecen los bramidos de los desaforados hutus sedientos, a la espera de saciarse.
Y, en un acto colmado de generosidad, la Organización de Naciones Unidas y las potencias occidentales desaparecen del lugar. ¿Por qué, Secretario General? ¿Qué ocurrió, Presidente Mitterrand?
Los blancos ya se han ido y la sangre de los abandonados, de los traicionados por la hipocresía europea, riega el terreno del antiguo refugio.
Disparando a los perros, una película de Michael Caton-Jones, dura y acerca de un hecho vergonzante. La cara más horrorosa de la moral occidental que pone los pies en polvorosa cuando surgen problemas y luego intenta redimirse a través del euro o del dólar.

domingo, abril 01, 2007

Europa




No faltan quienes abogan por la democracia boba, aquella que carece de líderes capaces de hacer Historia. Al finalizar los gobiernos de François Mitterrand en Francia y de Helmut Kohl en Alemania y acabado el decenio de Jacques Delors al frente de la Comisión Europea, el continente se ha perdido en discusiones poco fructíferas y conducentes no se sabe muy bien adónde. Ha aumentado la familia, eso sí, pero sin resolver asuntos pendientes y sin diseñar líneas concretas de crecimiento socio-económico-político. La política ha sido la del estancamiento.
A veces da la impresión de que Europa abandona la posibilidad de jugar un papel relevante en la escena internacional y se encolumna tras las decisiones norteamericanas, creyendo que es así como se salvan los valores occidentales, descartando el papel fundamental del continente como cuna de esos valores.
Europa, sus miembros, no se ponen de acuerdo. No han sido capaces en esta última década de encausar el proyecto de Monnet, De Gásperi, Schuman, Spaak y Adenauer. La gran sorpresa (espero que no sea sólo un estallido pasajero) la está dando Angela Merkel. Después de todo no podía ser de otra manera, la fuerza proviene de Alemania y de Francia, en ellas está el impulso vital europeo. Checos y polacos critican la Declaración de Berlín, escuálida, es verdad, pero mucho mejor que quedarse cacareando inútilmente como gallinas o dedicarse a las cazas de brujas como los gemelos Kaczynski. La señora Merkel, la misma que llegó a la Cancillería germana con fórceps, pareciera ser la que tiene las ideas más claras, la que se ha dado cuenta de que la herida provocada por los franceses y holandeses en 2005 ya tiene que cicatrizar porque la Unión Europea es el enmarcado político en el que han decidido vivir las 27 naciones que la componen y otras que desean ingresar.
La tarea de Merkel, o la que ella ha emprendido y que deberán secundarla muchos más, no es fácil y debe conllevar un proceso de largos debates y, a ser posible, sin las clásicas e innecesarias ampulosidades de corte bruselense.
Europa tiene que pasar a la acción y resolver, resolverse, porque más que un continente viejo parece una adolescente definiendo su personalidad.
Su modelo social ha comenzado a resquebrajarse desde el inicio del milenio, cuando buena parte de Europa ha preferido acercarse a los lineamientos americanos, y con resultados inmediatos: ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres o estancados. Dicen que el Estado de Bienestar, eje y motor, es insostenible, sólo Escandinavia continúa aferrada a un sistema que le reporta igualdad social y riqueza económica a la vez.
La inmigración es una bomba que ya ha estallado en los arrabales de las grandes capitales y tampoco se toman cartas en el asunto. Europa eleva las vallas de seguridad (de tres a seis metros de alto) en Ceuta y Melilla, la frontera de la Unión en el mismísimo continente africano; intenta alcanzar acuerdos con países expulsores de gente como Mauritania y Senegal. Pero el archipiélago canario, el estrecho de Gibraltar o el sur de Italia son un colador. Europa no mueve un dedo por Africa, no me refiero al envío de monjitas de la caridad, sino mediante proyectos concretos de crecimiento en los propios centros de expulsión humana. China está ganando terreno en las tierras al sur de la opulencia.
Y Turquía es el gran vodevil de Bruselas. La mayoría de los candidatos a las jefaturas de los Gobiernos se definen acerca del ingreso o no de Ankara en términos electorales, midiendo la animadversión que los turcos generan en sus respectivos votantes. Ségolène Royal ha dicho que hará lo que deseen los franceses, de esto deduzco que los llamará por teléfono a uno por uno. La dimensión político-estratégica, económica y hasta religiosa de Turquía en la UE se discute menos, de hecho es difícil oír alguna voz que diga que la entrada de los otomanos conlleva un agregado importante: que la segundo país más poblado de Europa, después de Alemania, está conformada en su gran mayoría por musulmanes y que Ankara, junto con Berlín, París, Roma y Londres pasaría a formar parte del quinteto de los grandes, seguidos por Madrid y Varsovia.
Quizás peco de ilusionado, pero tal como está la situación familiar no me queda más que confiar en Merkel y a la espera de que los resultados de las elecciones francesas empujen hacia delante.
Jean-Marc Barr en Europa, de Lars von Trier

jueves, marzo 15, 2007

Venus


Peter O’Toole, Vanessa Redgrave, Hanif Kureishi, Roger Mitchell, Richard Griffiths y la iniciática Jodie Whittaker. Una hora y media de gran interpretación del legendario Lawrence de Arabia, mucho humor inglés, pizcas de pasión y soledades a flor de piel.
Londres actual: una adolescente de provincias recién llegada a la gran ciudad y un actor viejo y fracasado. Entre ambos surge una magnífica atracción que los llevará por diferentes escenarios de la vida cotidiana.
El enorno: un edificio arrinconado sobre las vías de un tren suburbial, en los aledaños de esos barrios vomitivos que tienen todas las megalópolis. Un pub typical british haciendo esquina donde se encuentran tres ancianos para beber, hablar y esperar a la muerte sin perder jamás la fina ironía inglesa.
Maurice (Peter O’Toole) revive, al final de su vida, con la presencia de una jovencita que viste minifaldas y que, de vez en cuando, le permite que le huela el cuello. Más una delicadeza: tres besos en el hombro. Pero él, viejo amante con más mañas que posibilidades, intenta cruzar la frontera. El deseo de un anciano que, ante todo y hasta el último segundo, es un hombre.
Temas: la soledad, la amistad, el sexo, las disputas, los errores, los celos, Londres, el teatro, el mar, la calma.
THE END

martes, febrero 27, 2007

Abrazo


A Grace

Me la llevaré pronto. Me susurró la Muerte al oído, henchida de satisfacción.
Entonces apreté aún más tu cuerpo contra el mío, sabiendo que estábamos de despedida.
Prometeme que nos volveremos a ver. Me dijiste.
Te lo prometo. Te mentí.
Me la llevaré pronto. Volvió a intervenir la Muerte.
Otro abrazo, un beso y me salí a la calle. A través de los cristales de la ventana vi tus ojos tristes y tu cabeza calva.
Me eché a andar y bajé hasta la estación de autobuses. Al llegar abajo giré la cabeza atrás para observar la cuesta en medio de la noche, tan diferente a la que había descubierto años antes, una mañana clara y limpia de verano, preludio de renacimiento. Sin darte cuenta le devolviste, a alguien que ambos queremos, el sabor dulce de un caramelo entre tanto trago amargo.
Ando la noche y recuerdo momentos, historias, tu carcajada sonora, tus bromas, tus decenas de amantes, tus locuras…
Vida y Muerte, de Gustav Klimt

miércoles, febrero 14, 2007

La última tentación



Ocurrió el año pasado, el día que yo cumplía 60 años.
El timbre del telefonillo.
-Diga –dije.
-Soy María –dijo.
El cerrojo del portal se abrió sonoro y me la imaginé empujándolo con sus manitas diminutas.
Un segundo, dos, tres, cuatro…
Su cara era redonda, tenía los pómulos rosados y los ojos se le achinaban cuando reía. Solía llevar puestos vaqueros ceñidos al cuerpo que le marcaban el maravilloso trasero redondo y firme sobre el que apoyaba mis manos y rozaba mi sexo.
Niña joven… Adolescente.
Dieciocho segundos, diecinueve, veinte, veintiuno…
Oía el ruido del ascensor remontando hasta el séptimo piso.
La noche era fría y llovía. Yo bebía vino y fumaba. Aquel día había dispuesto sobre la mesa dos copas grandes para tinto, algunos canapés que había comprado en la tienda, una cajetilla de tabaco y algunos condones. Iba a celebrar con los mejores placeres de la vida.
La tele de plasma estaba encendida sin sonido, con escenas de pornografía dulce, grabadas por mí en mi habitación.
Cuarenta y dos segundos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco…
Ella viajaba desde no sé qué barriada al sur de la ciudad hasta mi casa. Sé que era pobre y eso me dolía. Debió ser la razón por la que le daba algo más de dinero cada mañana cuando, con mi coche, la acercaba hasta la estación del metro.
Cincuenta y ocho segundos, cincuenta y nueve, un minuto…
Se abrió la puerta del ascensor en mi planta.
Me gustaban (gustan) jóvenes, por su ternura y docilidad.
El timbre de la puerta.
Abrí. Sus ojos negros estaban encendidos. La acompañaban dos policías.
El reloj empezó a aturdirme, los pies y las manos a helárseme.

Hands, de Sergio Moisés Sosa

martes, enero 30, 2007

Con henna roja


Amira tenía 16 años, dos menos que su prima Hanaa.
Ambas se habían refugiado en una habitación encalada de azul. A través de las ventanas con mosquiteros oían el movimiento lento de la ciudad de Argel, abrasada en medio de la tarde de estío.
Hanaa, tendida boca abajo sobre la cama, con la espalda desnuda y la cabeza descubierta, leía en voz alta L’étranger en versión original. Amira, acostada a su lado, observaba cómo se deslizaban sobra cada renglón los enormes ojos negros de su prima. Amira vestía el chador y, menos su rostro y sus manos, todo lo demás quedaba al vuelo de la imaginación.
-“Los árabes avanzaban lentamente y estaban ya mucho más próximos” –leyó Hanaa.
Amira rozó la cintura de su prima con el dorso de una mano…
-“Raymond dijo: Si hay gresca, tú, Masson, tomas al segundo…”.
Amira se incorporó y cogió un pincel con henna negra.
-“Yo me encargo de mi individuo. Tú, Merssault, si llega otro es para ti…”.
-Tengo una idea –interrumpió Amira-. Iré dibujando en tu espalda las frases de Camus.
Hanaa sonrió y Amira, replegando su mano en un puño para sostener el pincel, pintó un sol en la nuca de su prima.
-“Raymond fue directamente hacia el individuo…”.
Amira llenó de flores grandes y pequeñas la columna vertebral de Hanaa…
-“Raymond golpeó entonces por primera vez y llamó en seguida a Masson…”.
Amira bosquejó dos pechos de mujer siguiendo los contornos de los omóplatos…
-“Masson fue hacia aquel que se le había designado y golpeó dos veces con todas sus fuerzas…”.
Dos brazos de pintura empezaron a tener forma y a estirarse hasta que acabaron con los dedos de las manos abiertos, semi ocultos debajo de la falda… Brazos de tinta sobre la piel mora de una adolescente.
-“…y el otro tenía el rostro ensangrentado. Raymond se volvió hacia mí…”.
Amira le hizo cosquillas en un costado del torso con la punta del pincel, Hanaa la miró de reojo y volvió a sonreír.
-“Le grité: ¡Cuidado! ¡Tiene cuchillo!Amira mojó el pincel en henna roja y, después de pintar los pezones de los pechos que había dibujado antes, inició en el cóccix el primer trazo de escritura árabe que acabó en te deseo.

jueves, enero 18, 2007

El año de la adolescencia tardía


Un año libre, un poco frenético, enloquecido, confuso, de sueños de lunes al sol en la plaza de Olavide: cuatro de la tarde, ginebra, hielo, tónica y un gajo de limón. Largas charlas acerca de la vida, de la nuestra, de las ajenas y de la Vida. Los tres hicieron muchas de esas cosas que se hacen a los quince años, sólo les faltó compararse el tamaño de las pollas encerrados en una habitación, pero no lo hicieron, quizás, porque tampoco lo habían hecho cuando realmente fueron adolescentes.
Tomates bien rojos cortados en rebanadas, pimientos verdes y colorados, media cebolla, unos spaghetti y las infaltables botellas de Rioja que precedían a las más siberianas y escocesas que guardaban para el postre. Un, dos, tres y a cenar. Todo en un abrir y cerrar de ojos, en el transcurso de cuatro chistes, dos discusiones o una conversación por móvil con alguna pequeña del lado noble del barrio de Chamberí. Y las risas argentinas, por acento y por vibrantes, y las risas gaditanas, también por acento y por su luz.
Tres personajes: un filósofo y un metrosexual de Provincias, y un diplomático de Colonias.
Una historia cualquiera en un año, 2005, con raptos de adolescencia tardía que, lo mismo era, los encontraba en Albania que en Polonia o en una barca por el Jordán.
La noche en Albania caía antes que en el resto de Madrid. En verano, a las cinco de la tarde, cuando los tres rostros se difuminaban por la oscuridad y sus miradas se enredaban en la alambrada y chocaban con el paredón semi derruido que había a pocos metros de la ventana, zarpaban.
O bien remontaban el Jordán (mezcla de hogar, restaurante, hotel y bar de copas, sólo faltó juego de azar y trata de blancas) recalando en los aromas y ruidos de Olavide. O bien seguían más al norte y se adentraban en las frías noches de Varsovia, de humaredas de tabaco y llantos de guitarras, música de grupos de vanguardia y lo mejor de la Movida.
Emulando a Borges, sin pretensiones de ponerme a su vera, cuentan que los vieron varias noches deambular por la Villa y Corte buscando una Siesta o un Valmont, los tres vestidos con abrigos negros y largos, andando por las calles de Chamberí, perdidos en la niebla, hablando y hablando.
El filósofo devino en padre de familia, el diplomático involucionó hasta convertirse en artista progre y el metrosexual, después de una pátina foral, se transformó en pijo del barrio de Salamanca.
Dicho esto, sólo cabe hacer un brindis.

domingo, diciembre 31, 2006

Ahí está, es la señal


Aún no eran las once de la noche cuando me encontré haciendo la cola delante del pórtico de la catedral de San Esteban. El viento gélido paseaba el filo de su navaja por mi rostro. Todos estábamos allí en silencio, sólo oíamos los pies de las personas que se iban sumando a la cada vez más larga hilera.
Una vez que logré entrar y colocarme donde pude, comenzó un desfile digno de la temporada de pasarelas de París, Milano o Nueva York. Abrigos de zorros, visones, martas sibilinas… Aromas de las mejores esencias… Rostros maquillados con la mayor corrección… Algunos hombres y mujeres vieneses adornaban sus cabezas con sombreros y sus manos con guantes. La sociedad más elegante de Europa reunida religiosamente para asistir a la Misa del Gallo.
Fue la primera y única vez que estuve en una celebración católica en Nochebuena. Me aproximé al altar tanto como me lo permitieron. En la mitad de delante de la nave central era donde ocurrían los acontecimientos, donde se iba acomodando en los asientos la varias veces centenaria aristocracia austríaca y los poderosos de la nueva Austria del club de la Unión.
A las doce de la noche, con repique de campanas, se anunció el nacimiento del niño Jesús. El coro, con sus acordes y retumbes entre las paredes abovedadas, marcó el inicio de la ceremonia. Fueron muchos minutos, no recuerdo cuantos, de misa en alemán con tan sólo una breve concesión en italiano para darles la bienvenida a los peninsulares que, …como cada año, deciden pasar la Navidad en Viena…, dijo el obispo. El feliz intervalo en la lengua de mis ancestros fue lo único que logré comprender aquella noche.
Muchos años antes de mi visita a Viena, siendo aún bastante pequeño, me puse a revolver en los cajones de la habitación de mis padres hasta que encontré algo que no buscaba pero que de inmediato me atrapó: unos papeles amarillentos garabateados con la inconfundible letra de mi madre.
En ellos había escrito:
En este momento ha nacido Jesús.
Miro las estrellas y busco el destello más luminoso.
Ahí está, es la señal.
Durante años he buscado esa luz.
En Nochebuena, miraba al cielo,
contemplaba el universo en esas estrellas.
Sentía la humedad de la noche y, a mis pies, un grillo monótono;
sombras difusas moteadas de luces,
las alegres luciérnagas.
Conmovida, me quedaba en silencio,
yo sola, pequeña ante tal revelación.

Por aquel entonces, sólo comprendí algunas palabras aisladas del poema. Las asocié con colores y juegos de luces de estrellas y el sonido de los grillos, como aquellos que oía durante las noches cálidas de verano al dejar abierta la ventana del dormitorio.
Detesto las Navidades de hipócrita reunión familiar, gula y reparto forzado de regalos comprados pocas horas antes de las rebajas de enero. No sé bien quien fue Jesús de Nazaret, pero me atrae su espíritu revolucionario, tanto como la imperial capital de los Habsburgo en invierno.

Poema de Oly Lacour
Imagen: Mercadillo del Niño Jesús (Christkindlmarkt).
Plaza del Ayuntamiento de Viena

viernes, diciembre 08, 2006

Ilya Ehrenburg


Los censores soviéticos, que aún en 1941 seguían ateniéndose a las directivas de Stalin de no ofender a Hitler, habían rechazado La caída de París, la novela de Ilya Ehrenburg en la que criticaba al nazismo.
Cuatro días después de su publicación, una tarde gris y lluviosa, una tarde moscovita, Ehrenburg recibió en su casa una llamada procedente del Kremlin. Eran tiempos muy difíciles en la URSS, muchas delaciones y enjuiciamientos diseñaban el rostro oculto de la política doméstica del país.
Poskrebishev, el secretario del líder georgiano de todas las Rusias, le dijo a Ehrenburg:
-El camarada Stalin quiere hablarle.
Las manos del escritor empezaron a sudar y su corazón se aceleró. Los perros que había en su salón comenzaron a ladrar de tal forma que Ilya temió no oír lo que Stalin le iba a decir.
-Quita a estos animales de aquí –le pidió a su mujer, muy nervioso y cubriendo el auricular con las manos.
-Me ha gustado su libro –resonó firme la voz del Vozhd a través del auricular.
-Gracias, camarada Stalin.
-¿Pretende con él hacer una denuncia del fascismo? –preguntó Stalin.
-No es fácil hacer ese tipo de denuncias, ni siquiera se me permite utilizar la palabra… fascismo.
Stalin no dijo nada y Ehrenburg sintió el silencio que se prolongaba, con el convencimiento de que había dicho lo que sentía, un lujo innecesario y riesgoso. Al cabo de unos segundos oyó que Stalin le decía:
-Sigue escribiendo, Ehrenburg.
Y la comunicación se cortó.
Ilya Ehrenburg se sentó en un sofá, con las manos entrelazadas, tratando de disimular los nervios delante de su mujer y con la frente sudorosa.
-¿Quién era? –le preguntó su esposa extrañada.
-Stalin.
Ella palideció y se sentó junto a su marido.
-¿Qué te ha dicho?
-Que siga escribiendo.
Ella sonrió y él le acarició la cabeza.
-Dejaré que los perros vuelvan a entrar.

sábado, noviembre 25, 2006

El toque de los Serafines

Querido amigo,
Te envío esta carta desde la musa del archipiélago.
Acaba de caer la noche después de una llovizna otoñal. Las farolas tornan el empedrado en azul brillante. Y, en magníficos contrastes, se suceden por los sinuosos trazados callejeros las fachadas de los caserones con sus gamas de naranjas y amarillos, y las persianas y puertas en madera negra. Cada calle, cada gatan, posee un nombre oficial y uno mitológico: Europa, Latona, Pigmalión, Venus...
Estamos a finales de septiembre y oigo el reloj gigante de la Storkyrkan, la Catedral. Tengo el alma repleta de gozo. En el horizonte, por encima de los contornos de los edificios, aún vigila el tenue resplandor de los últimos coletazos del estío. Me siento en reposo feliz, un estado que sólo he hallado en Escandinavia, en la bella inspiración polar. Ni siquiera el cercano reinicio universitario me pone de mal humor.
Estoy sentado en las escalinatas del monumento al rey Gustavo III Wasa, contemplo el mar y te escribo en este papel de agenda abandonada. La debo haber arrumbado cuando no encontraba nada que apuntar en ella o, quizás inconscientemente, reservé en blanco estos días de mayo de 1997 sabiendo que hoy los aprovecharía mejor.
Las barcazas de la compañía Djurgården se balancean suavemente, mecidas al abrigo del puerto. Y las luces del Nationalmuseum se reflejan sobre el agua negra de la noche. Giro la cabeza atrás, veo el Palacio y me surge la imagen de un lienzo de Johan Fredik Höckert, sobre el que plasma el incendio que consumió al Palacio Real en 1697. Las llamaradas latiguean con violencia y, entre las nubes de humo, baja las escaleras alguna reina vieja y una porción de Corte que ha dejado de lado la serenidad y el equilibrio. Vuelvo la mirada al agua y sobre ella lo veo retratado en llamas de color plata y oro.
Pocas veces puedo percibir el embrujo de un lugar, quizá porque sólo se da por un acuerdo entre el espacio hechizador y el viajero encantado. Sé que al brebaje me lo dieron al pisar Gamla Stan, el islote que sustenta los cimientos de la ciudad vieja, con su Palacio renacentista, la Storkyrkan, y la cúpula puntiaguda clavada en el cielo, de la iglesia de Riddarholm custodiando día y noche las osamentas regias en sus cuartos carolino, gustaviano y el más nuevo y luminoso reservado a la dinastía Bernadotte.
Entre la capilla Gustaviana y la de los Bernadotte se hallan los escudos de armas de los caballeros de la Orden de los Serafines, ornados con una cadena de ángeles y cruces. Cada vez que entierran a uno de estos caballeros, las campanas de la iglesia ejecutan el Toque de los Serafines.
Los ojos desafiantes de un gato siamés me escudriñan al amparo de los brazos de una mujer exuberante de cabellos cortos. Me gusta descubrir en ella rasgos bergmanianos y la mirada casi trágica de muchos suecos. Intento seguirla, pero se escabulle en un portal.
Desde que se agotara la lluvia, el cielo de Estocolmo ha cambiado varias veces de tonalidad: azul báltico y gris plomo entremezclados en gruesas pinceladas, como en La ville de August Strindberg, o en Hornsgatan de noche de Eugène Jansson, hasta terminar en este celeste picoteado de estrellas.
Amigo mío, regreso a lo alto del barrio Södermalm, desde donde puedo ver la ciudad portuaria, Gamla Stan y, más allá, los barrios modernos. Desde mi ventana observo también la espalda de Katarina kyrkan, la iglesia finlandesa cuya torre se divisa desde prácticamente todos los lugares. Cuando voy llegando a mi casa siento que me adentro en una atmósfera diabólica, lindamente tenebrosa. La penumbra no deja ver con nitidez los contornos de las casas y de los árboles. Para acortar camino, me meto al parque de la iglesia por una de las puertas laterales, donde las copas de los árboles protegen bajo sus ramas las piedras romas y las cruces con los nombres y las fechas grabados, denunciando el principio y el fin de cientos de almas.
Estocolmo es del mar y, como a una perla, el mar la protege, la acaricia, la circunda y la estrecha, tal como ocurre entre los amantes.
Buenas noches, amigo. D.
Staden, August Strindberg

domingo, noviembre 12, 2006

Bernard-Marie Koltès


"Me niego a hacer cualquier oficio, ni siquiera uno pseudo-literario. Escribo y me siento bien, aunque sea duro, a veces incluso compulsivo; me produce grandes momentos de placer".

“A los dieciocho años estallé. Vino muy deprisa Strasbourg, muy deprisa París, muy deprisa Nueva York, en 1968. Y allí, de golpe, la vida se me echó encima. Así que no hubo etapas, no tuve tiempo de soñar con París, soñé en seguida con Nueva York”.
Nadie sabe si fue una poción mágica o qué, pero no cabe duda de que Bernard-Marie Koltès fue hechizado por una de las tantas versiones que se han hecho de la princesa de Cólquida: Medea. Ese instante se produciría hacia finales de la década de los 60, allá por la frustrada revolución de los estudiantes de la Sobornne. La morena gallega, Maria Casarès, que interpretaba a la protagonista de una de las más famosas historias de la mitología griega, deslumbró con su arte al joven dramaturgo de Metz.
Hasta entonces había estudiado piano y órgano durante muchos años, algo de periodismo, hasta que, finalmente, fundó la compañía Le Théâtre du Quai, en la Escuela del Centro Dramático del Este, en Strasbourg.
El tema central de la escritura de Koltès es el individuo, tales que almas errantes, solitarias, los hombres y mujeres excluidos, los marginales de la civilización, los fondos turbios de nuestras personalidades, las carencias, las incomprensiones. Y, más allá del realismo que le imprime a sus textos, éstos conservan una variedad muy rica en formas que dan cuerpo a obras muy construidas, muy trabajadas.
Pero van a transcurrir algunos años. Recién en 1983 surgirá a la fama Bernard-Marie Koltès, cuando comience a trabajar en estrecha colaboración con el gran director Patrice Chéreau. Ambos construirán una estrecha dupla en los teatros y en la intimidad. Sólo que tuvo que ocurrir lo que sucedió en 1989, el asesinato de Koltès por el virus del sida, para que la crítica teatral francesa prestara tanta atención a los textos de uno como hasta entonces había prestado a las puestas en escena del otro.
Combate de negro y perros es la primera obra de Koltès que montará Chéreau. La obra transcurre en una noche, ésta como símbolo de lo oscuro, de Africa, del encuentro en las tinieblas, de lo más oscuro del ser humano. La noche estará presente en otras obras.
Roberto Zucco (la última obra de Koltès antes de morir), escrita con toda la furia del que sabe que no le queda tiempo, es una obra perfecta, una pieza a la que aspira todo aquel que quiera escribir para las tablas.
Ahora, y porque me hace ilusión, trascribiré un trozo magnífico de una entrevista que le hizo Jean-Pierre Han para Europe. Dice Koltès acerca de su obra Quai Ouest: “Al oeste de Nueva York, en Manhattan, en un rincón del West End, donde está el viejo puerto, hay unos hangares; hay en particular uno abandonado, un gran hangar vacío, donde pasé algunas noches, escondido. Es un lugar sumamente extraño, un refugio de mendigos, maricas, camellos, de ajustes de cuentas, un lugar donde la policía jamás pisa, por oscuras razones. Nada más entrar, te das cuenta de que estás en un lugar privilegiado del mundo, una especie de cuadrado misteriosamente abandonado en medio de un jardín, donde las plantas hubieran podido crecer de manera diferente: un lugar donde no existe el orden normal, sino otro orden muy curioso, que se ha ido conformando. He sentido ganas de hablar de este pequeño rincón del mundo, que es excepcional y, sin embargo, no nos resulta raro; me gustaría contar esta extraña impresión que se siente al atravesar ese espacio inmenso, aparentemente desierto, con la luz que va cambiando a lo largo de la noche a través de los agujeros en el techo, los ruidos de los pasos y las voces que resuenan, los roces, alguien a tu lado, una mano que súbitamente te agarra”.

Dibujo de Raymond Moretti

viernes, septiembre 29, 2006

Cayuco


Bernard Khouma nació hace diecinueve años y hoy, a orillas del Atlántico, sueña.
La noche es fría y húmeda. Bernard siente la poderosa proximidad del mar y nota que los alisios soplan iracundos. Cientos de sueños, cobijados en uno mayor que se llama Europa, destellan de sus ojos negros.

Atardece y la costa negra se va alejando y perdiéndose tras la inmensidad de las olas.
De pronto, la oscuridad de la noche surge de su cripta. Bernard mira sin poder ver, pero siente los primeros calambres en las extremidades, son demasiadas personas en un espacio muy pequeño.
Las voces sobre el cayuco se han silenciado. El temor durante la noche se acrecienta, sólo se oye cada tanto gente que vomita, niños que lloran y la respiración que contienen casi todos cuando la embarcación se eleva sobre una cresta de agua salitrosa.

Antiguamente era posible ver el lento bamboleo de los dromedarios yéndose hacia el corazón del continente africano; hoy se ve el balanceo infernal de los cayucos sobre las olas oceánicas.
En los años veinte eran las caravanas que, desde el puerto de Saint-Etienne, se adentraban en las profundidades arenosas del desierto mauritano. Ahora, a principios de este siglo XXI, de opulencia para unos pocos, en Saint-Etienne se congregan hombres, mujeres y niños para adentrarse en las profundidades turbulentas del Atlántico.
Bernard lleva en un bolsillo su documento, una piedra-amuleto que le entregó su madre cuando supo que zarparía y un papel arrugado con una dirección en Barcelona. Previniendo que esos elementos podían mojarse al cruzar a Canarias, metió las tres cosas en una bolsa y a ésta dentro de otra, para aislarlas mejor.

Cuando empieza a amanecer sólo vislumbra el lomo del mar. Ninguno de los que van en el cayuco ha podido dormir, ha sido imposible por las olas y por la falta de espacio.
Pero Bernard sigue soñando con llegar a Barcelona algún día. Por la tele ha visto que en el norte se vive bien.

domingo, septiembre 03, 2006

Uma Thurman en el Café Victor



Ahora escuche mi voz, mi voz le guiará hasta Copenhague…
Ahora voy a contar de uno a diez, cuando llegue a diez estará en Copenhague…
No, no se trata de una película de Lars von Trier. No es su
Europa, yo no soy el narrador Max von Sydow y usted no es ni Kessler ni Hartmann. Si eso es lo que cree, debo decirle que se trata de una mera coincidencia.
Diez. He dicho diez y usted está en Copenhague.
Cierre los ojos y cuando los vuelva a abrir los colores se habrán refugiado en el blanco, el negro y el sepia. Usted entrará en un estado de película antigua.
Deténgase en esa esquina del barrio de Nørreport. La lluvia cae sin cesar y usted está a punto de vivir una escena de espionaje de posguerra. Abra la puerta, entre al restaurante y adéntrese en los años 50 a la luz de las velas en la fría noche escandinava.
Allí, sentada a una mesa redonda del
Café Victor, está Uma Thurman. No la mire aún, sólo se lo he dicho para que esté prevenido. Quítese la gabardina y con el paraguas entréguesela al hombre alto y rubio de sonrisa glacial que está de pie a su derecha.
Siéntese ¿Huele? El lugar resuma a carne asada y arenques. Vea a su lado, una camarera lleva un plato con ostras a la mesa de Uma Thurman. Ella está sola.
Ahora puede mirar hacia su mesa. Ella se levanta y pasa a cincuenta centímetros de donde usted está sentado cenando. Es alta y rubia como una espiga, lleva puesto un vestido hasta la rodilla, con un escote generoso y botas. Y el cabello recogido en un moño.
Cuatro años sin poner sus pies en la ciudad y la casualidad le ha llevado nuevamente al norte, a la lluvia eterna y al cielo plomizo, al frescor noctámbulo y al agua báltica azul topacio de los canales…
A usted le ha sido asignada una misión en la Unión Soviética. De pronto, todo ha cambiado y ha tenido que viajar a Dinamarca para cometer un asesinato, usted ha ido al
Café Victor para matar a alguien. Ahora relájese y oiga lo que le voy a pedir: no lo haga. Intente ser capaz de no hacerlo, la presencia de Thurman está allí por algo. Tenga la valentía de no acatar una orden.
Contaré hasta tres y tendrá delante de usted un plato de cerdo caramelizado. Uno… Dos… Tres. ¿Qué le parece?
No mire hacia la puerta. No lo haga. Cene… Ha mirado hacia la puerta y se ha perdido el regreso de Uma Thurman. Sí, acaba de entrar la persona que usted tiene orden de matar. Toque su revólver con naturalidad. Bien hecho. Continúe con el cerdo y no deje de probar el vino alsaciano. La persona que usted esperaba se acaba de sentar a la mesa de la actriz, dándole la espalda al espejo grande del fondo del restaurante. Vea si quiere, sé que no puede contenerse. Tiene alrededor de sesenta años y es un personaje importante del Este de Europa, usted lo sabe bien.
¿Qué piensa hacer con él? La instrucción que le han dado es que lo lleve hasta el coche negro que hay aparcado en la calle, lo golpee en la cabeza y lo tire al canal, el agua helada hará el resto del trabajo. Una forma cobarde ¿no cree? Si está decidido a asesinar hágalo de frente.
Levántese. Toque otra vez el revólver que lleva escondido. Asegúrese de que sigue donde lo metió. Camine lentamente hacia la mesa de Uma y del hombre importante. Él le está comentando algo al oído a la bella blonda.
¿Qué le ocurre? ¿Por qué no avanza hacia la mesa? Coja el arma y dispare. ¿No apunta y mata a quemarropa? Es cierto, usted no es un mafioso, usted es un sicario en plena Guerra Fría. Su misión es deshacerse de los malos, como ese centroeuropeo comunista.
¡Ah! Ya entiendo. Uma Thurman lo está mirando. Es normal, usted se ha detenido a un metro de su mesa, pero ni hace ni dice nada. Ella le ha sonreído, haga usted lo mismo, no sea tan impermeable. Así está mejor.
¿A dónde va? ¡Espere! No se olvide de pagar y, antes de salir, recoja la gabardina y el paraguas.
Ya ha salido del
Café Victor. Ahora relájese. Sienta el agua deslizándose por su rostro. Cierre los ojos y cuando vuelva a abrirlos verá otra vez en colores.
The end.